Fábulas

El género no ha muerto. Nuevas fabulistas

05/06/2024

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Rocío Liliana Juárez Ramírez

24 años

Sobre la autora

Nací y crecí en la Ciudad de Puebla, estudié la primaria y la secundaria en el Centro Escolar José María Morelos y Pavón (CEM), el nivel medio superior lo cursé en la Preparatoria Emiliano Zapata y actualmente estudio la licenciatura en Lingüística y Literatura Hispánica en la BUAP.

Desde pequeña me ha gustado aprender distintas actividades artísticas, así que dentro de los logros que he tenido en estas áreas se encuentran los siguientes: durante la primaria participé en el bailable tradicional que se realizó en el estadio Cuauhtémoc y que cerró la celebración del bicentenario de la Revolución Mexicana. Al mismo tiempo aprendí a tocar el violín e ingresé a la Orquesta Sinfónica del CEM, donde tuve la oportunidad de ser solista en la primera presentación musical.

En secundaria participé en torneos de ajedrez y en una ocasión gané el tercer lugar estatal en la categoría femenil. En la preparatoria, en la materia de Literatura realicé una crónica sobre una visita al Museo Universitario “Casa de los Muñecos”, la cual fue motivo de una felicitación por parte de mi profesor, quien evaluó las crónicas de tres grupos distintos y de quien recibí aliento sobre mi escritura, considero que su comentario hacia mi trabajo fue un evento importante en mi vida, pues me hizo tener más confianza al escribir.

¿Por qué decidiste escribir fábulas?

De pequeña, en algunas ocasiones mi papá nos leía cuentos o fábulas a mi hermana mayor y a mí, desde ahí tuve una fascinación por la forma en la que algunas situaciones y enseñanzas podían transmitirse por medio de historias cortas, que podrían ser representadas por personas o animales con deseos, pensamientos o atributos humanos que desembocaban en un razonamiento o en una reflexión.

En casa teníamos un libro de fábulas de La Fontaine ilustradas por Gustavo Doré; siempre me pareció un libro que no podía dejar de lado y recuerdo que múltiples veces lo tomaba para abrirlo, sin importar si todavía no sabía leer, miraba las ilustraciones y me imaginaba lo que había llevado a los protagonistas a ese lugar, qué tenían que aprender ahí y qué les depararía en el futuro. Cuando aprendí a leer volvía a tomar el libro e intentaba comprender la historia y su enseñanza y recuerdo que me volvía a parecer algo fascinante.

Durante mi trayectoria escolar nunca se dio la oportunidad de que en alguna clase de Español o de Literatura revisáramos algunas fábulas más que como otro formato de prosa que debía de revisarse rápidamente para pasar al siguiente tema. Por esta razón nunca recuperé el interés que las fábulas me generaban de pequeña, pero en la universidad me inscribí a un taller de escritura de fábulas sobre discriminación, por lo que en ese momento recuperé el interés y la ilusión por este tipo de historias. De esta forma, a lo largo del taller, me animé a escribir una fábula sobre discriminación de género en la infancia.

Cuenta cómo fue tu proceso creativo

Al principio no tenía claro sobre qué hacer mi fábula, yo pensé que había muchos temas sobre discriminación que podían abordarse, pero no me convencía uno o no sentía la suficiente confianza para hablar de temas importantes como la discriminación racial o sexual, por ejemplo. Sobre todo porque sentía que mis vivencias y mi perspectiva no alcanzaban a dimensionar una forma de expresar una reflexión hacia ellos de una manera que me atravesara profundamente como persona o que no cayera en algo simplista, por lo que mucho tiempo estuve procrastinando el empezar. 

Sin embargo, al reflexionar sobre mi crecimiento y mi educación, empecé a notar que mis relaciones sociales se habían formado de una forma segregada, pues los grupos de amistades y las actividades que me eran permitidas, tanto aprender como realizar, parecían estar sujetas o limitadas a características de género.

Reflexionando sobre eso, me pareció un tema que me atravesaba profundamente y que comprendía por todas las veces en que se me abrieron o cerraron puertas por mi género y dentro de mi reflexión, me di cuenta que cuando era pequeña fue cuando me causaron más dolor, pues para mí no me faltaba o sobraba nada para poder aprender ciertas cosas o jugar de cierta forma o hacer grupos de amigos o amigas o, en mi caso, compartir aprendizajes y experiencias con mis padres, sino que ser señalada por un género era una limitante para cualquiera de las situaciones antes mencionadas.

Elegí ese tema y le di vueltas a las cosas que me habían hecho sentir mal a consecuencia de este tipo de discriminación y segregación y pensé en qué hacer para transmitir las situaciones a un texto. Decidí que sería con animales y en un bosque como homenaje a las fábulas que más había disfrutado de pequeña. Pensé varias veces en que no podía ser cualquier animal, pues la carga simbólica también me parecía importante, luego recordé los diccionarios de símbolos que había revisado para una materia de la licenciatura y se me quedó grabada la imagen de un armiño blanco que aparecía en una pintura al lado de una mujer y automáticamente encajó en lo que yo quería transmitir, pues para mí representaba distintas dualidades que me interesaba explorar en el cuento, como el tamaño, la fuerza, la habilidad, la destreza y la posibilidad de parecer inofensivo y a la vez tener el potencial de un depredador autosuficiente. Por último, verifiqué que los armiños realmente vivieran en el bosque y su tipo de pelaje para poder plantear otras dualidades en el texto.

Una vez con todos los elementos decididos, el objetivo de mi fábula era hacer entendible y vívida la discriminación por género, plantear tantas situaciones como pudiera, de manera fluida, sensible y variar entre la sutileza y lo explícito para captar varias formas en las que se manifiesta la discriminación, me pareció importante mostrar la dualidad de llegar al mundo como seres distintos pero con iguales capacidades con dos “armiños mellizos”.

Y también me pareció un objetivo interesante volver el pelaje un retruécano que no solo representara un género que se sugiere dentro de la fábula, sino también los prejuicios por las cualidades físicas visibles, la discriminación por color de piel, etc. Pero el objetivo último de la fábula era provocar una insatisfacción que moviera al lector o a la lectora a generar en el interior de la persona una voz que protestara en contra de la discriminación junto con la fábula y que el espacio que quedaba sin resolverse al final de la fábula pasara a aterrizarse en el escenario real como una extensión en la que cada quién decide qué voz debe resonar en la sociedad.


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